domingo, 10 de febrero de 2008
Me pierdo
lunes, 3 de diciembre de 2007
Hawaii
Soñé con arenas grises, percudidas, pegajosas. Franelillas y "shores" y alpargatas de hule.
Playa sórdida y chabacana, con tres pelos debajo de las narices, y pantorrillas flacas como ratas.
Tú estabas ahí, desganada, sometida. Me abandonabas sobre un carro rojo; contraste, desdén. Tu madre, tu madre te obligaba, pero no le costó mucho, realmente. Yo me quedé en la cola para sacar el dinero.
Volví a mi mesa, ya habían servido la pasta y el huevo frito. Busqué una silla para sentarme en la punta, entre dos famosos desconocidos: tertulia entre claras revueltas y masocotudas.
"Me dejaste" -pensé en coro. Quince veces mientras mastiqué te vi alejarte en el bólido rojo, con tu hermano no nacido manejando alegre por la avenida. Había sol, ¿no?. Qué raro. Y matas verdes y floridas. ¡Qué alegre manejaba tu hermano! El cabello largo y dorado se movía junto a sus ojos desquiciados, ávidos de velocidad. De lejos me hacías muecas. No hacía, ya te ibas, no importaba lo que dijeras
Y tu madre me miraba de soslayo, y yo le contestaba de igual manera.
¡Qué fiesta en la que estoy! ¡Lo que te estás perdiendo! Las mesoneras sirven con gran asco la comida, y nosotros saboreando el frío y la grasa. Comida gratis, ¿por qué es gratis? No recuerdo haber pagado... ¿Será que sí pagué?
domingo, 12 de agosto de 2007
Carlitos
domingo, 18 de junio de 2006
La tristeza desciende de la lluvia
La tristeza desciende de la lluvia / un recurso admirable / pero mi alma despeñada / es intransigente / y aunque ya no le queda / tanto tiempo para sufrir / se reconoce culpable / de un dolor crónico.
Forremos, pues, esta piel con letras y papel y plata y gelatina. Mostremos al público las lágrimas que te acarician para que sientan pena y odio, repulsión y deseo, por la vil panacea de tus heridas.
viernes, 9 de enero de 1998
Cuchillo
Todo le favorecía. Sonrió. Saboreó su triunfo sobre la vida: la muerte. ¿Quién más sino esa simpática esqueleto de sonrisa perpetua y túnica sucia y polvorienta le arrancaría esa angustiante enfermedad que es la vida? ¿Quién más sino ella lo sacaría de este desaliñado purgatorio?
Miró a su alrededor para buscarla e invitarla un vaso frío de jugo fresco. Pero no vio sino una cocina sucia y una mesa en no mejores condiciones. Mas sí suponía que ese escalofrío que tenía desde hace rato era ella, lamiendo su espina, saboreándolo, animándolo a tomar el cuchillo e invitarla a hacer el amor con ella.
Cerró los ojos y suspiró, no menos pesadamente que antes de dormir.
Tomó el cuchillo cómodamente y lo deslizó suavemente por su pecho desnudo, sólo acariciándolo durante un largo rato. Las tetillas se endurecían, el abdomen tensaba. La fría hoja le excitaba. La erección se alzaba grotesca dentro del pantalón. Sonrió nuevamente. Afincó la punta del cuchillo en el surco que se pronuncia detrás de la mandíbula, justo debajo de la oreja izquierda, haciéndole brotar unas gotas de sangre. Levantó ligeramente el mentón y amplió la sonrisa mientras pensaba en ángeles y néctares, guerras y miseria. Apretó los dientes e inhaló bruscamente mientras la piel se le erizaba, y, en un solo movimiento rápido, fuerte y practicado, lo llevó hasta su opuesto en la otra oreja...
El dolor indescriptible ahogó su grito en sangre caliente y ácida que le manchaba pecho, mesa y cocina y le obligó a dejar caer el cuchillo. De refilón logró ver una sonrisa hecha con labios de sangre, con dientes perfectamente blancos, a la vez que todo se volvía gris...
Sólo un gris pálido lo sofocaba mientras el cuchillo se burlaba.