domingo, 10 de febrero de 2008

Me pierdo

Como un juego: quién aguanta más. Poco a poco cruzamos nuestros propios límites. Violamos las fronteras de lo que debería hacerse, de lo que no, de lo que quizás.
Pronto avanzamos a un estado de embriaguez etéreo: todo gira, yira. Sólo veo tus ojos frente a los míos, tu aliento que entra en mi cuerpo, tu alma que me abraza y me atrapa y me encierra... y renuncio.
Mi respiración se acorta y mis latidos aprietan contra tus senos con ropa... sin ropa... sólo tu calor contra mi pecho, tus manos en mi espalda; me llevan a ti, me hacen naufragar en tu piel. ¡Hundir mi cara en tus labios no es sino mi salvación! No una tentación. Mis manos trémulas e inquietas no pueden sino contornear tu figura, recorrer, abrirle paso a mis labios, a mis dientes.
Tu perfume, tu talco, tus cremas, todas en mis sentidos, en mi gusto, suave bajan por mi garganta... y te siento gemir... y girar... yiras... yiras...
Entre tus piernas el Cielo... en tu boca una plegaria.... en mi lengua un Mesías.
"Hazme el amor", suena en mi cabeza... A lo lejos, tan lejos, veo tus ojos, tu boca entreabierta. Me invade tu pasión. No puedo contra ella... no podemos contra nosotros mismos.
¡Oh, dulce piel! Húmeda como el camino que he recorrido hasta llegar a ti, cálida como el sol que me acariciaba la espalda cuando me hablaste por primera vez. Hace tanto de eso...
Y me pierdo en tus gemidos. Egocéntrico me pierdo en mi propio nombre... y me ahogo en tu cuello, en tus manos, en tu pechos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Hawaii

Soñé con arenas grises, percudidas, pegajosas. Franelillas y "shores" y alpargatas de hule.

Playa sórdida y chabacana, con tres pelos debajo de las narices, y pantorrillas flacas como ratas.

Tú estabas ahí, desganada, sometida. Me abandonabas sobre un carro rojo; contraste, desdén. Tu madre, tu madre te obligaba, pero no le costó mucho, realmente. Yo me quedé en la cola para sacar el dinero.

Volví a mi mesa, ya habían servido la pasta y el huevo frito. Busqué una silla para sentarme en la punta, entre dos famosos desconocidos: tertulia entre claras revueltas y masocotudas.

"Me dejaste" -pensé en coro. Quince veces mientras mastiqué te vi alejarte en el bólido rojo, con tu hermano no nacido manejando alegre por la avenida. Había sol, ¿no?. Qué raro. Y matas verdes y floridas. ¡Qué alegre manejaba tu hermano! El cabello largo y dorado se movía junto a sus ojos desquiciados, ávidos de velocidad. De lejos me hacías muecas. No hacía, ya te ibas, no importaba lo que dijeras

Y tu madre me miraba de soslayo, y yo le contestaba de igual manera.

¡Qué fiesta en la que estoy! ¡Lo que te estás perdiendo! Las mesoneras sirven con gran asco la comida, y nosotros saboreando el frío y la grasa. Comida gratis, ¿por qué es gratis? No recuerdo haber pagado... ¿Será que sí pagué?

domingo, 12 de agosto de 2007

Carlitos

 Mi hermano se casaba, de nuevo. Eso creímos, por lo menos. Estaba de flux y corbata, brillaba galante con quince años menos y más negro el cabello. Estaban él y su sangre en una camioneta roja. ¿Por qué todos son rojos? Felices como chivos pelaban los dientes y nos miraban con ojos tan azules que se confundían con melancolía. Se apeaban. Entraban a la iglesia y los seguíamos, yo y mi sangre. Era de noche. ¡Siempre de noche! Hablan sin mover los labios. Ventrílocuos nos ignoraban, vestida de negra su sangre. Entramos a la iglesia y ahora sí nos miraban. Sabían que veníamos para la boda. Ansiosos por reclamar que no nos avisaron. Pero había una buena razón para ello, para que todos estuvieran de negro. No era una boda. Era una misa en favor del ánima de una servicio que trabajó con ellos, que todos los días los espantaba. Con joyas y brillos su sangre se espantaban con la servicio.
¡Qué terrible!
¡Qué De La Barca!

domingo, 18 de junio de 2006

La tristeza desciende de la lluvia

 La tristeza desciende de la lluvia / un recurso admirable / pero mi alma despeñada / es intransigente / y aunque ya no le queda / tanto tiempo para sufrir / se reconoce culpable / de un dolor crónico.

-Oswaldo E. Blanco Muñoz


Si hubiese tan sólo un instante donde una gota se detuviese, tan impía y pulcra mientras se desliza por el cuerpo húmedo, rígido y frío de un pensamiento de muerte; gota que refleja la vacía pupila de un recuerdo de grandeza, un sueño desecho o un suspiro de lujuria. Tan atractiva, tan anhelada. Fácil declive del camino hastiado, obstinado y pegajoso que recorres con la sal en tus ojos, exhalada de tu piel.

Forremos, pues, esta piel con letras y papel y plata y gelatina. Mostremos al público las lágrimas que te acarician para que sientan pena y odio, repulsión y deseo, por la vil panacea de tus heridas.

viernes, 9 de enero de 1998

Cuchillo

    Lo llamaba, tentándolo, ofreciéndole sueños de placer y despertares verdes y anaranjados en lugares desconocidos, alejados, brillantes. Le prometía olores a rosas, a manjares, a vinos que le producirían intensos orgasmos a su lengua sin experiencia. Le juraba caricias y melodiosas canciones que entran por los poros, sacan lágrimas a la caliza más dura, hacen suculento al pan más mohoso, sacian al más hambriento, purifican al más sucio.
    El brillo de su aleación le sonreía con dientes extraordinariamente blancos a medio mostrar, profetizándole felicidad y risas, relajación y valentía. Le aseguraba las maravillas del mundo vistas a ojo de gusano; el oscuro negro del fondo del océano se haría claridad verdusca ante sus ojos, el cielo le abriría sus inmensas puertas doradas para que pudiera darle un vistazo a su bárbara pureza, el infierno dejaría un agujero en el más bajo suelo para que su pene sintiera los cosquilleos insaciables del tentador pecado carnal, los faraones le invitarían a sus tumbas y les contarían sus viajes y aventuras, el alma humana se desnudaría y revelaría sus temores y puntos débiles. Vería sangrientas batallas de continentes, de mundos. Destrucción, hambre, miseria bajo sus rodillas, mientras él se saciaría con sus miedos y llantos. ¡Sería un dios! ¡El universo a sus pies! Los ángeles estarían obligados a complacerlo. Civilizaciones lo adorarían. Poetas muertos lo retratarían con sus plumas. Pintores barbudos le robarían pedazos de aliento para regarlos sobre lienzos colorados y azules. Coronas floreadas le adornarían la cabeza mientras néctares dulces y espesos fluirían alcoholizados por su garganta.
    Su filo le negociaba una muerte lenta e indolora a cambio de beber la gloriosa sangre pronta a ser dulce. La empuñadura le ofrecía simple confort al momento de asirla.
    Todo le favorecía. Sonrió. Saboreó su triunfo sobre la vida: la muerte. ¿Quién más sino esa simpática esqueleto de sonrisa perpetua y túnica sucia y polvorienta le arrancaría esa angustiante enfermedad que es la vida? ¿Quién más sino ella lo sacaría de este desaliñado purgatorio?
    Miró a su alrededor para buscarla e invitarla un vaso frío de jugo fresco. Pero no vio sino una cocina sucia y una mesa en no mejores condiciones. Mas sí suponía que ese escalofrío que tenía desde hace rato era ella, lamiendo su espina, saboreándolo, animándolo a tomar el cuchillo e invitarla a hacer el amor con ella.
    Cerró los ojos y suspiró, no menos pesadamente que antes de dormir.
    Tomó el cuchillo cómodamente y lo deslizó suavemente por su pecho desnudo, sólo acariciándolo durante un largo rato. Las tetillas se endurecían, el abdomen tensaba. La fría hoja le excitaba. La erección se alzaba grotesca dentro del pantalón. Sonrió nuevamente. Afincó la punta del cuchillo en el surco que se pronuncia detrás de la mandíbula, justo debajo de la oreja izquierda, haciéndole brotar unas gotas de sangre. Levantó ligeramente el mentón y amplió la sonrisa mientras pensaba en ángeles y néctares, guerras y miseria. Apretó los dientes e inhaló bruscamente mientras la piel se le erizaba, y, en un solo movimiento rápido, fuerte y practicado, lo llevó hasta su opuesto en la otra oreja...
***

    El dolor indescriptible ahogó su grito en sangre caliente y ácida que le manchaba pecho, mesa y cocina y le obligó a dejar caer el cuchillo. De refilón logró ver una sonrisa hecha con labios de sangre, con dientes perfectamente blancos, a la vez que todo se volvía gris...
    Sólo un gris pálido lo sofocaba mientras el cuchillo se burlaba.