viernes, 30 de abril de 2010
Reyes
Yo sé, pues me han dicho, que ellos quieren ser yo de vez en cuando... Y yo quiero ser ellos.
Así, me despojo de mis ropas y envuelvo a Purri o a Taz o a Tango con ellas y lo siento en mi silla de la PC para que chatée un rato con mis amigos y escriban barbaries que luego tendré que resolver. ¡A veces me han metido en cada lío!
Mientras tanto disloco mis rodillas para poder poner los pies, o patas ya, hacia adentro. Así no quedaría mi espalda en posición tan incómoda, sino paralela al suelo. Y salgo al garaje a cagar donde quiera y mear los cauchos de mis carros viejos.
De vez en cuando pasa un anciano o señora evangelizadora y me miran con horror... Imagino que por cómo les ladro, sin collar ni anti-pulgas y temen al tifus.
Luego me echo en el rincón bajo el calentador de agua, pues ahí es más calentito, y apoyo mi cabeza contra la pared para que pueda ver sin rollo hacia la puerta... soñando que soy perro y puedo chatear con mis amigos.
miércoles, 20 de enero de 2010
Autocensura
Censura mis manos por querer recorrer tu piel.
Censura mi garganta por querer gritar cuánto te deseo.
Censura mis labios por querer besar los tuyos.
Censura mis dedos por querer entrar cuando no los invitan.
Censura mi lengua por querer lamer tu vulva.
Censura mi mente por imaginarte desnuda.
Censura mis huesos por doler cuando te alejas.
Censura mi nariz por querer oler tu cabello.
Censura mis pies por querer correr a tu lado.
Censura mi pene por querer deslizarse dentro de tu vagina.
Censura mis dientes por querer morder tus senos.
Censura mis uñas por querer saborear tu sangre.
Censura mis oídos por querer escuchar tus gemidos.
Censura mis brazos por querer abrazarte.
Censura mi pecho por aguantar mi corazón.
Censura mis rodillas por querer arrastrarme hacia ti.
martes, 7 de julio de 2009
Monseñor Marceliano Moreno: La paz hecha hombre
Manejé mi fiel Ford Conquistador del 81 por las destruidas y abandonadas calles del sector El Ujano en Barquisimeto, hasta llegar a una casa de esquina donde ahora reside Monseñor Marceliano Moreno. Durante casi 50 años este siervo de Dios vivió y sirvió en la avenida Libertador con el cruce de la Morán, en la Iglesia La Coromoto de esta ciudad. Ahora jubilado, con 82 años de edad, lo pude ver a través de la ventana de su despacho, leyendo detenidamente la prensa mientras llegaba a entrevistarlo.


viernes, 13 de marzo de 2009
Tenue
Cómo tardas en cerrar la puerta, si eso fue lo que subiste hacer. ¡Están tan mugres! Las escaleras, digo. Aunque con pantalones negros, pues…
¡Tantos años han pasado! Y por fin me decidí a verte. No, bueno, no me decidí. Acumulé valor, podría decir. Como si el valor se acumulara cual electrones en una batería medio muerta. Tuve que pelear, eso sí. Cocodrilos, ¿sabes? No, qué sabrías. No se me ocurrió mejor animal para el ejemplo.
Qué cosa mejor que no estabas cuando llegué y tuve que deslizar la carta pintada en garabatos espantosos, nerviosos, de tinta azul y corazón esperanzado por debajo de la puerta. Con el alma en la garganta me alejé de ella, repitiendo con ojos grandes que ya estaba hecho. Ya estaba hecho. Ya está hecho.
El brazalete sí lo dejé conmigo. ¡Está lindo! Hace contraste con los chicles negros estos que están pisoteados en el suelo de granito. Tan luego que te lo compré, pero deberías entender que no tenía dinero en esa época. Estilizado, el bicho, pero creo que te quedará grande igual. Tus muñecas son tan frágiles, como decía tu profesor de guitarra, ¿recuerdas? El que decía que los tendones debían verse o ibas a ser mala en eso. ¡Qué loco!
Bastante que caminé por estos mismos escalones grises contigo, con todos. ¡Y las reuniones! Jugando en los columpios del estacionamiento que se podían caer con nuestro peso. Nos divertíamos, ¿no? Ahora ya no; los años… Los años. Me besabas con todo ese cariño, que no sabía cómo corresponder. Abrumado, sería lo ideal decir. El amor era algo tan complejo para mí. Aún lo es, pero uno se acostumbra, así como a un video juego: ni idea de cómo funciona, pero lo hace. Pero era la primera vez que amaba, eso lo sé. También sé que fue la vez más pura y atea.
Escribí esa carta sin pensar lo que hacía, desbocado, no recuerdo lo que dice. Sé que te extraño y creo haberlo dicho bien en ella. Sí, desvarié mucho, lo sé. Pero lo dice, creo. Creo haber explicado todo bien. Sé que no soy bueno hablando. Por lo menos ya habías llegado cuando volví; aunque de veras te estás tardando en bajar de nuevo.
Aquí viene la señora Montiel. ¿Cómo está usted? Pues sí, por aquí de nuevo luego de tantos años. Lo sé, a su hija le contesté un correo en estos días. ¡Terrible que está la capital! Tan bella ella, sí. ¡Sacó su sonrisa! No, vale, vine a ver a… Si, si. Dijo que no tardaba. ¡Cómo no! Le manda un beso de mi parte cuando hable con ella.
La señora Montiel no cambia, definitivamente. Está idéntica a cuando te conocí y vine por primera vez acá. Tu apartamento era increíblemente sicótico, fue lo primero que pensé. Creía que las paredes me iban a caer encima.
Recuerdo tu vestido, la moda de la época era… ¡Pero, bueno! Te veías linda, igual. ¡Qué desastres hicimos en el restaurante! Y el mesonero de bigotes que casi nos echa de ahí.
¿Estarás leyendo la carta ahora? Leerás cómo me enamoré de ti. Mis excusas por haber sido tan cruel. Quizás te estás armando de valor tú también, o sólo no entiendes mi letra.
Caught a bolt of lightning, cursed the day he let it go. Pero no me di cuenta hasta mucho luego. Sabes, uno joven, impetuoso, desalmado, cruel.
¿Serán tus pasos los que se acercan? Ah, no. No eras tú. Simpático el perro. Muy obediente, por lo visto. Sin correa y sonriente.
Si no me hubieses besado, no hubiese pasado nada, ¿sabes? Hubiese seguido mi vida como estaba, feliz o infeliz, ella o yo, pero no hubiese conocido el amor etéreo, el amor tenue, el amor sutil.
Debiste dejarme ser miserable, debiste dejarme ser vacío y superficial. Igual lo fui al final, máscara o no igual lo fui. ¡Todo es tu culpa, en realidad! ¡Nadie te mandó a enamorarme! A ser tan perfectamente tú y dejarme conocerte. Tantos años y sigo aquí, como un estúpido esperando que bajes, viendo las chiripas rodear las esquinas, escribiendo cartas incoherentes suplicando perdón, ¡rebajándome a un mero lame suelas! ¡Nadie te mandó a enamorarte de mí! Me pusiste tan alto que sólo pude caer. Fui tu todo, tu mundo, tu vida, tu salvación, tu aliento.
Debiste haberle hecho caso a Fita, debí yo haberle hecho caso. Soy un demonio, te iba hacer daño. Soy un agujero negro y no puedo escapar a mi naturaleza, aunque tú lo hayas logrado, me hayas logrado sacar de ahí y mostrarme lo que el mundo es capaz de ofrecer con un beso, te lo agradecí dándote la espalda cuando me necesitaste, cuando podías morir y sólo corrí cobardemente ocultándome tras la indulgencia del anonimato. ¡No debiste besarme aquella primera vez! ¡Es tu culpa! ¡Todo es tu culpa!
¡Maldito brazalete! Burlón brilla y me hace muecas mientras no bajas las escaleras. Y todo este algodón que tengo en la boca tendré que masticarlo, tragarlo… ¡No sé qué hago aquí! ¡Tú te lo buscaste! No le hiciste caso a Fita y ella sabía más que nosotros. Pudiste haber muerto y aún así no me hubiese aparecido. Y aún así pregonabas que me amabas, ¡qué ingenua! ¡Qué ingenuo yo creer que podía amar!
Ya te acercas. ¡Me comeré este brazalete antes que dártelo! Veo que traes la carta, ¿habrás llorado leyéndola, así como yo? ¡Ojalá! ¡Ojalá sufras tanto como yo he sufrido por ti todos estos años! Pero traes ojos secos, ¡tan bellos tus ojos miel! Y la mandíbula apretada con un rictus en los labios ¡tan bellos tus labios!
¡Claro que fue una bella época! Bueno, yo sí volvería a vivirla, cambiando algunas cosas. Pero… No, eso no lo sabía, pero no creo necesario que me digas que… Sí, hemos crecido desde entonces. No, la verdad no sé lo que quería con esa carta. Mira, te traje el brazalete que no pude comprarte entonces, ¿recuerdas? Si, un poco grande, pero no había más pequeño. Ah, claro, lo recuerdo, pero no sabía que eran novios aún. Creí que… No, repito que no lo sé. Quizás sólo un beso y el perdón. Pues creo que sí es necesario que me perdones. Nunca más me he podido abrir con nadie como lo hice contigo. No, sí… Ella me espera en casa, no sabe que vine. Es que me hace falta ese sentimiento que no quiero repetir. Esa pertenencia que no me doy el lujo de reinventar, de evolucionar. Esa que tuve contigo. Sí, también creo que el dolor educa. No, no es como crees. Bueno, no tengo mucha excusa, pero es que… Sí, recuerdo a Fita y lo del agujero negro. Por lo que veo no se equivocó, no. ¿Te casas? ¿Cuándo? No, o sea, sólo me sorprende. No supuse que él tenía madera de esposo. No, disculpa, no debí usar ese tono burlón. No, probablemente yo no sea mejor que él. De verdad te deseo bien. Espero que todo salga bien. No creo que la gente merezca o no las cosas, pero sí creo en lo que es justo. Y es justo que estés tranquila. Pues, no sé, aún tengo algunas cosas pendientes en casa. Claro, sí. Fue una buena época.
Bueno, disfruta tu brazalete.
Era el único que tenían.
domingo, 10 de febrero de 2008
Me pierdo
lunes, 3 de diciembre de 2007
Hawaii
Soñé con arenas grises, percudidas, pegajosas. Franelillas y "shores" y alpargatas de hule.
Playa sórdida y chabacana, con tres pelos debajo de las narices, y pantorrillas flacas como ratas.
Tú estabas ahí, desganada, sometida. Me abandonabas sobre un carro rojo; contraste, desdén. Tu madre, tu madre te obligaba, pero no le costó mucho, realmente. Yo me quedé en la cola para sacar el dinero.
Volví a mi mesa, ya habían servido la pasta y el huevo frito. Busqué una silla para sentarme en la punta, entre dos famosos desconocidos: tertulia entre claras revueltas y masocotudas.
"Me dejaste" -pensé en coro. Quince veces mientras mastiqué te vi alejarte en el bólido rojo, con tu hermano no nacido manejando alegre por la avenida. Había sol, ¿no?. Qué raro. Y matas verdes y floridas. ¡Qué alegre manejaba tu hermano! El cabello largo y dorado se movía junto a sus ojos desquiciados, ávidos de velocidad. De lejos me hacías muecas. No hacía, ya te ibas, no importaba lo que dijeras
Y tu madre me miraba de soslayo, y yo le contestaba de igual manera.
¡Qué fiesta en la que estoy! ¡Lo que te estás perdiendo! Las mesoneras sirven con gran asco la comida, y nosotros saboreando el frío y la grasa. Comida gratis, ¿por qué es gratis? No recuerdo haber pagado... ¿Será que sí pagué?